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Los jóvenes: hijos de una generación en guerra, padres de una Colombia en paz

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4Por Juan José Rojas-Ortiz*

Nunca se es muy joven para ser líder, ni muy grande para aprender a seguir a otros: esa fue una de las principales conclusiones que me lleve después de compartir casi 4 cuatro días con otros jóvenes de diferentes regiones del país en la asamblea de la #RedAccciónDePaz de la cual la Fundación Mi Sangre es facilitadora.

Un encuentro en que pude conocer el trabajo que vienen haciendo otros jóvenes en sus territorios, trabajando para tener incidencia, para que otros jóvenes participen, usando el arte para comunicar, trabajando con comunidad vulnerable y transformando sus comunidades positivamente, todos con el convencimiento de que la paz requiere un esfuerzo de todos y desde diferentes frentes.

Hice campaña a favor del SÍ, convencido de que se trataba de un imperativo moral defender una salida negociada a un conflicto siempre que eso se tradujera en salvar vidas humanas de colombianos, todas las vidas igual de valiosas sin importar el bando para cual combatieran.

Siendo araucano me he preguntado y le he preguntado a otros coterráneos cómo en nuestro departamento la situación sigue siendo crítica, por tratarse de un territorio donde el ELN siempre ha tenido una presencia política y militar significativa; por lo que casi dos años después de esa movilización muchos nos sentimos satisfechos con los números.

Al conocer a varios de estos jóvenes, sigo pensando que tome la decisión correcta pero ahondando en sus historias se hace evidente que la tarea no termina, que lo venidero requiere del acompañamiento a esos líderes sociales de la Colombia rural, regional, de las fronteras, los que muchas veces no vemos.

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Alcanzar la paz requiere es más que firmar un acuerdo se necesita de acciones concretas para transformar desde la raíz. Así lo reflejan los relatos de los jóvenes que no pasan de largo:

El primero es el de un joven que comentaba que las disidencias de las FARC en su municipio se seguían identificando como parte de este movimiento guerrillero, que todavía tienen su poder militar y económico intacto, actuando como si fueran el Estado. Mientras no se reconozca y combata esto, mientras el Estado no haga presencia en estas zonas, la cultura de la ilegalidad, la economía de los cultivos ilícitos y la represión seguirán siendo pan de cada día.

Un segundo joven, me contaba cómo en su municipio, que no está muy alejado de una ciudad importante, los estudiantes de su colegio tenían fácil acceso a las armas de fuego; es tan así que un día ensayando una representación en la que quería usar una pistola de balines con el fin de sensibilizar sobre el uso de armas de fuego, un vecino del sector se les acercó a ofrecerles una pistola real para que su representación fuera más verídica. Si queremos paz también tenemos que reconocer el derecho a vivir sin miedo en las grande ciudades, combatiendo esa delicuencia común que atrae a muchos de nuestros jóvenes, a algunos por falta de oportunidades, y a otros como forma de validación social: ser parte de un “combo” puede ser muy importante para tener amigos o conseguir novia.

Por último, y quizás tan importantes como esperanzadoras, fueron las historias de reconciliación que ahora quiero replicar. Por ejemplo, en uno de los municipios que se enfrentó a un proceso desmovilización en su territorio por parte de las autodefensas quienes después de dejar las armar no fue fácil para la comunidad recibirlos, pero, al final, todos terminaron integrándose y reconociéndose como iguales. En este mismo municipio la campaña del plebiscito no pintaba fácil para los jóvenes que estaban decididos a movilizarse haciendo pedagogía de los acuerdos, pero usaron el teatro como herramienta para contar historias y al final, la comunidad entendió el proceso como una oportunidad para dejar atrás la violencia, reconociendo que era una posibilidad de reencontrarse como sociedad.

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Después de esta experiencia sigo creyendo en la paz, sigo creyendo que la vida de cualquier colombiano es igualmente sagrada y merece que hagamos lo posible para que todos tengamos la oportunidad de escoger, de construir y ser parte de este país.

También, confirmé la importancia del lenguaje que usamos. Fue el caso de una actividad donde analizamos el panorama de la participación, y decíamos, incluyéndome: “los jóvenes somos indiferentes”, “los jóvenes no leemos”, “los jóvenes no participamos de los espacios que tenemos”.

Logramos reflexionar sobre por qué nos incluíamos en el grupo de la gente indiferente, que no leía o que no participaba, sabiendo que no lo éramos.

Hoy estoy convencido que hay gente que no ayuda a construir la paz, que es indiferente a las luchas por participar que viven los jóvenes de otras regiones, por regresar al campo y ser activadores de un cambio.

Yo NO soy parte de ese grupo, así que pregúntese: ¿Es usted parte de aquellos construyen paz desde su territorio o en su cotidianidad? O ¿Es de los que sabemos que no participan, no leen y son indiferentes?

*Miembro de la #RedAcciónDePaz y del equipo de la Fundación Sabana y Paz.

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