ASÍ SE DICE AMAR EN EMBERA

Por: Nataly Erazo Ospina. Líder de comunicaciones de Fundación Mi Sangre.

Amar debería ser sencillo, así como se escribe: dos vocales, dos consonantes, sonora, corta y contundente. Pero no, amar parece ser una meta impuesta, una línea por cruzar, un camino cercado por obstáculos con los que algunos tropiezan, otros caen, y en los que muchos se quedan orbitando. Pero para ellos, los protagonistas de este relato, eso de amar parecía un cuento inventado.

A Brayan, por ejemplo, le costó un par de golpes, “golpes de albañil, que no es lo mismo”, mano pesada y puño certero; y golpes de papá, que vienen además con el dolor del alma. Era el año 2011, y decidió decirlo en voz alta, decir que era ho-mo-se-xual, y en el momento mismo en que lo hizo público, palabra dicha y entonada, su papá lo persiguió por la casa, le partió un palo en la espalda y lo hizo caer por las escalas. 

Amar no es tarea fácil, pero amar a alguien de tu mismo género ya lleva a cuestas el drama de lo incierto. Miradas de recelo, dedo que señala. Y cuando la locación del romance es Urabá, se convierte además “en un acto de resiliencia”, como dice Brayan. 

Tierra prometida  bautizada así en katío, agua fértil, calor infernal, mezcla de razas y colores, y escenario también de todas las guerras y todas las formas de violencia.  Urabá, masacre de las bananeras, campamentos de selva, secuestros, muerte y olvido. 

Y allá, en ese fragmento de Antioquia, aún con el recelo propio de aquella historia pasada, se levantan pequeños grupos o colectivos para vencer el miedo y defender la vida. Brayan es ahora integrante de uno de ellos, de la mesa diversa de Chigorodó, una iniciativa que convoca al encuentro, no de quienes se reconocen iguales, sino por el contrario, de quienes se aceptan en las diferencias. 

A la cabeza de la coordinación de equidad de género de este municipio está Tatiana Trigos, mujer, heterosexual, liderando una causa que parece ajena. Pero es que la justicia no es bandera de pocos y en su valentía ha emprendido una “revolución amorosa”, que le ha permitido a varias generaciones reconocer y abrazar su identidad.  

“Es que yo soy maricón”, “maricón”, así como se escucha, así como se lee. “Por esto es por lo que hemos luchado, por el orgullo de decirlo en voz alta”.

A una hora de este municipio, siguiendo una extensa carretera cercada por palmas de plátano, está Mutatá, y en su humedad verde selva, el resguardo indígena Jaikerazabi. Cuando se cruza el portón, la primera casita que se encuentra siguiendo el sendero es el kiosko digital, y adentro, cinco computadores de escritorio al mando de Nilson. 

Nilson, rostro embera, cabello negro satín, crocs empantanados, jean ajustado y ojos que hablan en su maquillaje marcado. Es líder, su grupo le sigue, se sientan a su costado, y él habla. Después, poco a poco, sus acompañantes también van narrando la historia, entre sonrisas tímidas, apagadas, y ocultas en sus manos gruesas, que suben siempre a la altura de los labios para tapar la risa que se fuga. 

“Yo todavía no le he dicho a mi familia, pero ellos se lo sospechan”, dice uno de ellos, Wilton, “dentro de poquito le voy a decir a mi mamá”.  Este grupo es el colectivo LGTBI del resguardo y su identidad les precede. De mirada altiva, pasos ondulantes, y nombres inventados y asumidos con valor, como el de Vannesa, que escucha mientras se habla de ella en tercera persona. 

“Una monja le cortó el pelo para “arreglarla”, por eso lo tiene así cortico”, cuenta Nilson, y entre tanto, la protagonista del relato agacha su cabeza en un gesto suave, en una cadencia delicada, como toda ella. “Pero acá ya nos respetan, y hasta nos defienden cuando alguien nos trata mal”.

Por fortuna, Nilson hace parte de una familia que por décadas ha gobernado en la comunidad, y su vínculo con las autoridades, ha hecho para él y para todos, que sea más fácil salir del closet, sí, que en lengua eyavida también se usa esta expresión.

Fue de los primeros, se consiguió un novio, vivieron juntos en la casa paterna, y con ese ímpetu empezó a contagiar a aquellos que seguían disimulando sus maneras e imitando una masculinidad que no era de ellos, ni era de nadie. Armaron reinados de belleza y en el juego permitido, se vestían de mujer en público. 

Después fueron saliendo con estos trapos más allá de la pasarela, y ya el espectáculo se vivía en otros espacios. Más o menos 400 emberas, el número que integra esta gran familia, fueron testigos y espectadores de unos jóvenes que ahora se permitían el goce de ser quien se es. 

Acá, en este punto, es cuando aparece Aldair.

Alto, canela, y entusiasta, muy, muy entusiasta. Líder por naturaleza y oriundo de San Pelayo, Córdoba. Dice que será el primer presidente homosexual, animalista, feminista y de Urabá. Vivió su infancia y adolescencia en Carepa, que significa Papagayo, y allá empezó esta vocación que es el liderazgo social.

De su papá, sindicalista bananero, heredó esa búsqueda incansable de la justicia, y ahora es integrante de la Red de Jóvenes Constructores de Paz de la Fundación Mi Sangre. En este proyecto, emprendió una tarea que empezó como un plan de cuaderno y que terminó por convertirse en una apuesta inédita en la región. 

Una vez conoció a Nilson, y lo que había logrado en su pequeño universo, decidió que esa muestra de valentía debía ser referente, espejo y ejemplo, “algo estamos haciendo mal acá afuera, porque allá adentro nos llevan años luz”, habla en su retahíla exaltada, y entonces empieza a desgajar su idea. 

Conectar, esa es la meta, tejer una red de mesas diversas, de emprendimiento sociales con enfoque de género, llevar la voz de Nilson, Vannesa, Wilton, a otros rincones de Urabá donde aún el silencio es opresor. “¿Tú conoces a alguien gay de San Juan?”, le pregunta Bryan a su amiga Sharlot en su risa escandalosa.

“Es claro que juntos somos más fuertes”. Esta red no solo demuestra que ellos están ahí, sino que además están organizados, y esa es la forma de desafiar al establecimiento y al supuesto orden de las cosas. Aldair, a sus 24 años, lidera la creación de la primera red de colectivos LGTBI de Urabá, propiciando intercambio de saberes, poderes, y el cruce de experiencias y prácticas. 

Su incidencia política podría llevar a la formulación de leyes, y la veeduría de las mismas, a hacer asamblea, a abrir el diálogo en el territorio. Hacer visible lo invisible. A ser sujetos políticos de una sociedad que todavía los condena por conjugar el verbo amar. 

Amar, kianga en embera. 

Artículo publicado originalmente en Universo Centro


* En la Fundación Mi Sangre, realizamos grandes esfuerzos por activar ecosistemas de aprendizaje y transformación social para potenciar liderazgos jóvenes y maximizar su impacto. Dos de estos ecosistemas, son la plataforma La Red de jóvenes constructores de paz y el programa de Fellows, compuestas por alrededor de 150 jóvenes en todo el territorio nacional, y creados con el propósito de fortalecer, conectar y amplificar liderazgos juveniles, sus voces e iniciativas para contribuir a la construcción de una cultura de paz en Colombia.

Este año, hemos decidido priorizar como tema central de estas comunidades la equidad de género como pilar fundamental para alcanzar y promover temas cruciales para la cultura de paz como la reconciliación, el desarrollo económico, la protección ambiental, el fortalecimiento de la democracia, entre otros. Esta priorización, nos ha permitido ampliar la discusión y reflexión sobre la diversidad sexual y de género y reivindicar la riqueza que se encuentra cuando nos abrimos a entender y aprender de maneras distintas de habitar el mundo. 

Nuestros ecosistemas de aprendizaje, además, están compuestas por jóvenes de diversas etnias e identidades sexuales, que llevan a cabo acciones en sus territorios para transformar estereotipos, derribar barreras y sobretodo educar en respeto hacia la diferencia.